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jueves, 12 de noviembre de 2009

Yo también me río

Yo también me río... del Rey del Pollo Frito.

(Lingos de alcohol corren por mis venas)


Infulas se solidariza con El Jueves.

miércoles, 29 de abril de 2009

En defensa de... los notarios

Los notarios se pasan la vida estudiando oposiciones para luego pasarse la vida cobrando y firmando. Deberíamos ser más comprensivos con ellos que, al fin y al cabo, deben superar examenes tan difíciles como este, al que Ínfulas ha tenido acceso.

Consta de dos preguntas:

1) Usted (perdón, usía) está en mitad de una escritura y llega el momento de hacer entrega del dinero. ¿Cómo procede?

a) Sale de la habitación simulando una llamada de teléfono (puede hacer el ruidito del móvil y todo para añadir credibilidad) y deje el terreno libre para "transferencias adicionales" entre comprador y vendedor.

b) Se queda en la sala. Todo tiene que estar bajo su supervisión.

c) Comenta si alguien vio el último episodio de "Sin tetas no hay paraíso".

d) Se saca la chorra y se mea en todos los presentes.
(5 puntos)


2) Firme usía aquí bajo. Pero que sea una firma chula, bien chula.
(5 puntos)

jueves, 28 de febrero de 2008

En defensa de... las taquilleras de los cines

¡Vuelve a sección dedicada a la defensa de los colectivos tradicionalmente maltratados por la sociedad.


Hoy dedicaremos esta sección de utilidad social a las taquilleras de los cines.

Casi todo el mundo odia a las taquilleras de los cines pero las razones aparentes para ello, una vez analizadas con cierto rigor, se desvelan insuficientes para justificar esa animadversión de la que son objeto las profesionales del tique.

Así pues, en esta sección nos encargaremos de sacar a la luz las razones por las cuales las taquilleras de cine merecen tanto cariño y reconocimiento social como cualquiera de nosotros (en general, no de los escribas de Ínfulas -plural mayestático-). Y, si no lo conseguimos, al menos esta sección servirá para que si alguno de nuestros lectores está intentando ligar con alguien y empieza a desbarrar de las taquilleras de cine y resulta que ese o esa alguien le espeta un “Pues mi madre es taquillera de cine”, pueda solventar la papeleta y salir del brete con torería y valor.

Introducido el tema, ataquémoslo de una vez por todas, ¡maldita sea!

El avieso lector de Ínfulas habráse percatado de que hablamos de las taquilleras de cine y no de los taquilleros. Sí, es cierto, puede quedar un poco sexista, pero, piensen (piense usted también), ¿recuerdan haber ido al cine alguna vez al cine y que en la taquilla les atendiera un taquillero?

¡No! ¿A que no? ¡Claaaaaro!

Las taquilleras son mujeres por definición. Y no sólo les adorna esa características, no. Todas, absolutamente todas están un poco sordas. O eso, o son disléxicas... Vamos, que no tenemos nada en contra de los sordos, ni mucho menos en contra de las sordas ni de las disléxicas. Pero basta que vayas al cine, y te pongas a hablar por el pinganillo ese que saca tu voz por el otro lado como si fueras C3PO... y digas “Por favor, dos para la tres”. Invariablemente, vamos en el 99% de los casos, para no exagerar, la taquillera te da tres entradas para la sala dos y te dice, mirando hacia el infinito, “19.50 euros”. Que esa es otra, sólo hablan para decir los precios. Bueno, para eso y para decir que se han agotado las entradas. Y tú contestas “No, perdón, le he dicho dos entradas para la sala tres” (y te dan ganas de hacer algún ruidito como electrónico al final).

Entonces la taquillera te mira por primera vez a los ojos. Es la suya una mirada antigua, cansada, una mirada que ya ni siquiera deja traslucir odio alguno. A saber la de veces que le habrán dicho que se ha equivocado a lo largo de sus sesenta años de vida laboral como taquillera de cine. Después de unos momentos de tensión contenida, en los cuales tú te preparas por si tienes que salir huyendo, la taquillera, por fin, te perdona la vida.

Es esa la principal razón por la que tenemos que ser comprensivos con las taquilleras de cine. No han perdido la capacidad del perdón, después de tantos años de desplantes, siguen siendo capaces de perdonar. Rectifican, te informan del precio con dignidad, te dan las vueltas mirando hacia otro lado y ahí termina la transacción, sin que haya que lamentar víctimas, afortunadamente.

viernes, 1 de diciembre de 2006

En defensa de... los dentistas

Recuperamos la (últimamente algo abandonada) sección dedicada a la defensa de los colectivos tradicionalmente maltratados por la sociedad. Hoy dedicaremos esta sección de utilidad social a los dentistas.

Casi todo el mundo odia a los dentistas pero las razones aparentes para ello, una vez analizadas con cierto rigor, se desvelan insuficientes para justificar esa animadversión de la que son objeto las profesionales de las tenazas.

Así pues, en esta sección nos encargaremos de sacar a la luz las razones por las cuales los dentistas merecen tanto cariño y reconocimiento social como cualquiera de nosotros. Y, si no lo conseguimos, al menos esta sección servirá para que si alguno de nuestros lectores está intentando ligar con alguien y empieza a desbarrar de los dentistas y resulta que ese o esa alguien le espeta un “Pues mi padre es dentista”, pueda solventar la papeleta y salir del brete con torería y valor.

Introducido el tema, ataquémoslo de una vez por todas, ¡maldita sea!


La gente suele tener miedo del dentista. Eso es un hecho. A nadie le gusta ir al dentista. Cuando tienes que ir al dentista, sospechas que te van a hacer daño. Eso es así. Y claro, a nadie le gusta que le hagan daño. Bueno, a los masoquistas sí. Pero ni siquiera a los masoquistas les gusta ir al dentista. “¿Pero tú no eras masoquista?”. “Masoquista, sí, pero tonto, no. Que aquí, además de hacerme daño, me pegan una clavada y yo prefiero el dolor gratuito”.

Claro, como las películas de Van Damme. Violencia gratuita, ¡no te jode! Pero en algo sí que tiene razón el masoquista este. En el dentista, además de hacerte daño, te cobran un dineral. Eso es otra de las razones por las que la gente tiene miedo de ir al dentista. “Joder, tengo que ir al dentista a que me hagan un empaste, no sé si llegaré a fin de mes”. ¿Por qué os creéis que a Esperanza Aguirre le cuesta llegar a fin de mes? ¡Por los dentistas!... Natural. Como la mayoría de las cosas que te puede hacer un dentista no entran en la Seguridad Social, pues, claro, aprovechan. El otro día, mi amigo Ramírez me contó que fue al dentista y cuando llegó lo encontró afilando un cuchillo de la carne. Le preguntó por esa nueva pieza del instrumental y el dentista le contestó, con todo el humor del que sólo pueden hacer gala los dentistas: “No, si esto es que estoy preparando la factura, juas juas juas...”

Vale, un poco exagerado mi amigo Ramírez, de acuerdo. Pero lo que nadie me negará es el aspecto tétrico que tienen todos los instrumentos que usan los dentistas. Desde las tenazas, hasta la perforadora esa que tira líquidos y hace un ruido demoníaco... Por no hablar del sillón... Si parece talmente un instrumento de tortura... Que tú llegas allí y te sientas y piensas: Ahora me ponen la anestesia (esa que te la ponen y empiezas a babear como un bendito) y te amarran con unas correas, te apuntan con el foco y empiezan a echarte humo a la cara... “Sabemos que has sido tú, venga, canta, dónde está el dinero...” Y tú, claro, quieres cantar, pero con la anestesia no te sale ni el “Europe’s living a celebration”.

Vamos, que está claro que si Torquemada hubiera vivido en nuestro siglo hubiera sido dentista. Con todo el respeto por los dentistas, por supuesto. Que yo tengo un par de amigas que son dentistas y me llevo muy bien con ellas, ¿eh? ... Eso sí, fuera de su clínica... Que dentro mandan ellas y uno nunca sabe por donde pueden salir...

De todas maneras, hemos de convenir que los dentistas, e incluso las dentistas, son buenas personas, amigos de sus amigos y que si pueden hacerte un favor, te lo hacen sin dudarlo un solo instante... Pero, como dicen los andaluces, lagarto, lagarto...

martes, 1 de agosto de 2006

En defensa de... los informáticos

En defensa de... los informáticos

La sección dedicada a la defensa de los colectivos tradicionalmente maltratados por la sociedad. Hoy dedicaremos esta sección de utilidad social a los informáticos.

Casi todo el mundo odia a los informáticos pero las razones aparentes para ello, una vez analizadas con cierto rigor, se desvelan insuficientes para justificar esa animadversión de la que son objeto las profesionales del teclado y el ratón.

Así pues, en esta sección nos encargaremos de sacar a la luz las razones por las cuales los informáticos merecen tanto cariño y reconocimiento social como cualquiera de nosotros (en general, no de los escribas de Infulas). Y, si no lo conseguimos, al menos esta sección servirá para que si alguno de nuestros lectores está intentando ligar con alguien y empieza a desbarrar de los informáticos y resulta que ese o esa alguien le espeta un “Pues mi padre es informático”, pueda solventar la papeleta y salir del brete con torería y valor.

Introducido el tema, ataquémoslo de una vez por todas, ¡maldita sea!

Lo cierto es que generalizar siempre es un error, como pueden dar fe y eso que no son notarios, los redactores de esta su (de usted) bitácora. Algún informático hay en la redacción, no decimos más. Pero es que esta sección no sería sección ni sería nada si no generalizásemos, ¿verdad que no?

Así pues, particularicemos. Claro, porque no todos los informáticos son iguales. Podemos dividir a los informáticos en dos ramas: los informáticos de corbata y los informáticos de bata.

Los informáticos de corbata son los peores, porque se creen que están a la última y no son más que comerciales. Es decir, son aquellos que van a las reuniones con el cliente, que para eso tienen corbata, y le dicen al final: “No se preocupe, eso es muy fácil, en dos patadas se lo hacemos”. Vamos, que los informáticos de corbata mienten como bellacos. Sí, porque luego van a los informáticos de bata... Vale, de acuerdo, los informáticos ya no llevan bata, es una licencia poética del autor de esta entradilla, que en lugar de ser informático siempre quiso ser poeta... Es también una añoranza de cuando los informáticos llevaban bata y se les respetaba, no como ahora que desde que la gente se enteró de que el 60% de los informáticos merienda pan con chocolate ya no les respeta nadie.

Bueno, que nos vamos por los periféricos... Decía que el informático de corbata va al despacho del informático de bata (que siempre, siempre está hecho un asco, es un auténtico caos) y le dice: “Mira, tienes que hacer esto...” Y el informático de bata (el currito, para que nos entendamos) le responde: “Uy, eso es complicadísimo... Hay que conectar el cable USB con el bus orientado a objetos, y para conseguirlo necesitamos parametrizar el Tomcat de forma que acepte peticiones distribuidas right here right now. Y eso es imposible, a menos que recompilemos el núcleo del Minix, redefiniendo la constante del número de colas de Round-Robin a un mínimo de 20Kb”. Claro, la mayoría de la gente piensa que les están tomando el pelo, pero lo cierto es que no es así. Los informáticos, son en general buena gente, pacíficos y amigos de sus amigos. Además, también hay informáticos que no se pasan todo el día al lado de un ordenador y salen a la calle y se toman de vez en cuando una cerveza o un café. No seamos injustos con los informáticos. Por favor.

martes, 13 de junio de 2006

En defensa de... los maestros

La sección dedicada a la defensa de los colectivos tradicionalmente maltratados por la sociedad. Hoy dedicaremos esta sección de utilidad social a los maestros.

Casi todo el mundo odia a los maestros pero las razones aparentes para ello, una vez analizadas con cierto rigor, se desvelan insuficientes para justificar esa animadversión de la que son objeto las profesionales de la tiza y la pizarra.

Así pues, en esta sección nos encargaremos de sacar a la luz las razones por las cuales los maestros merecen tanto cariño y reconocimiento social como cualquiera de nosotros (en general, no hablo de mi mismo, pobre de mi). Y, si no lo conseguimos, al menos esta sección servirá para que si alguno de nuestros lectores está intentando ligar con alguien y empieza a desbarrar de los maestros y resulta que ese o esa alguien le espeta un “Pues mi padre es maestro”, pueda solventar la papeleta y salir del brete con torería y valor.

Introducido el tema, ataquémoslo de una vez por todas, ¡maldita sea!


La gente no suele respetar a los maestros. Esto es un hecho. Son las personas en las que depositamos la confianza sobre un tema tan importante como es la educación de nuestros hijos (el que los tenga) y, sin embargo, no los respetamos. Esto es así. Y no me venga ahora con el “¡Eh! ¡Eh! ¡Que yo sí respeto a los maestros!” ¡Mentira!

Nadie respeta a los maestros. Aún hay mucha gente que dice aquello de “Pasas más hambre que un maestro de escuela”. Resulta que los maestros tenían fama (muchas veces justificada) de tener unos sueldos bajísimos y, claro, normalmente eran paupérrimos. Con este refrán, además, se ponía de manifiesto que cualquier mindundi, por analfabeto que fuera, normalmente tenía más recursos que un maestro. Se estaba diciendo, de alguna manera, “tú tienes más cultura, pero yo tengo más pelas, jódete, je je je...”

Afortunadamente, creo que las cosas han cambiado, pero los maestros aún siguen siendo objeto de odio, en este caso, en forma de envidia, por culpa de la opinión generalizada de que es el oficio que más vacaciones tienen. Claro, todo el mundo piensa que los tres meses de vacaciones de verano que tienen los chavales, más todas las demás durante el curso, hacen un buen montón de días libres a lo largo del año. Cuando le he comentado esto a algún maestro me ha comentado que no todos los días de vacaciones son libres para ellos: hay algunos días que tienen que corregir exámenes o preparar temarios para el próximo curso. Vale, aunque sea así, dos meses de vacaciones no se los quita ni Dios. Y estoy seguro de que la mayoría de la población laboral vendería a su madre a cambio de dos meses de vacaciones al año. ¿Somos o no somos envidiosos, eh? (Ver glorioso extracto acerca de la envidia como deporte nacional en En defensa de... los farmacéuticos).

Luego está el poco respeto que tienen ahora los alumnos a los maestros. Supongo que con las últimas leyes relativas a la educación (cada vez peores), que han quitado autoridad a los maestros, es imposible hacerse valer ante los estudiantes y ni siquiera conseguir que te respeten.

Pero lo peor, en mi opinión, es el poco respeto que se tienen los maestros a sí mismos. Ya no se llaman maestros, sino profesores, y esto es un síntoma del poco orgullo que sienten por su profesión, ya que suponen que maestro, esa palabra tan bonita, es un término peyorativo y prefieren el mucho más neutro “profesor”. Claro, así es muy difícil conseguir el respeto de los demás. Aun así, hay que decir que los maestros son buenas personas, amigos de sus amigos y que si pueden hacerte un favor, te lo hacen sin dudarlo un solo instante...

martes, 6 de junio de 2006

En defensa de... los farmacéuticos

La sección dedicada a la defensa de los colectivos tradicionalmente maltratados por la sociedad. Hoy dedicaremos esta sección de utilidad social a los farmaceúticos.

Casi todo el mundo odia a los farmaceúticos pero las razones aparentes para ello, una vez analizadas con cierto rigor, se desvelan insuficientes para justificar esa animadversión de la que son objeto las profesionales de la aspirina y la receta.

Así pues, en esta sección nos encargaremos de sacar a la luz las razones por las cuales los farmaceúticos merecen tanto cariño y reconocimiento social como cualquiera de nosotros (en general, no este pobre juntaletras en particular). Y, si no lo conseguimos, al menos esta sección servirá para que si alguno de nuestros lectores está intentando ligar con alguien y empieza a desbarrar de los farmaceúticos y resulta que ese o esa alguien le espeta un “Pues mi padre es farmaceútico”, pueda solventar la papeleta y salir del brete con torería y valor.

Introducido el tema, ataquémoslo de una vez por todas, ¡maldita sea!

Ya sabemos que un farmacéutico se tira cinco años estudiando, total, para qué... para hacer de dependiente de una tienda. Que no hacen otra cosa, ¿eh? ¿eh? Bueno, vale, resulta que no es fácil llegar a tener una farmacia propia. Que hay mucha mafia y eso. Cieeeeeeeeerto.

Eso quizás explica como, de manera muy similar a los notarios, nada más conseguir la titularidad de una farmacia, el farmacéutico o farmacéutica corre a comprarse una placa que dice Licenciada Sahuquillo Peláez de Sonseca.

Y, nada, después a tumbarse a la bartola, a poner unos aprendices, becarios o lo que sea a atender al personal y a ganar dinero a espuertas. ¡Envidia! El deporte nacional, amigos. Que, por cierto, muchas veces me he puesto yo a pensar en... qué tiene de deporte eso de la envidia. Yo no lo veo por ningún lado... O sea, la envidia, ejercicio no se puede decir que requiera... Vale, el ajedrez tampoco, pero bueno requiere algún tipo de actividad, aunque sea mental... De acuerdo, la envidia también exige una actividad mental por parte del envidioso... Aunque estés tumbado en el sofá en camiseta estilo imperio y con un bote de cerveza encima de la barriga, viendo la tele, y giras la cabeza y ves por el balcón como al vecino de enfrente le acaban de traer un televisor supermegagigagrande que le chorrean las pulgadas por las cuatro esquinas y encima con sonido mediahostiasurround... tienes que apretar un poco los dientes y hacer el esfuerzo mental para pensar “Joder, qué cabrón el Manolo, menuda tele que se ha comprao...” Bueno, vale, me has convencido, de acuerdo con eso de que la envidia es el deporte nacional...

Pues yo, qué quieren que les diga, soy envidioso... Me gustaría ser farmacéutico. Que la gente te tenga envidia, que te hable de usted, que te pidan tu opinión sobre si la aspirina es mejor que el nolotil si eres alérgico al Real Madrid y te duele el alma.

También me gustaría ser farmacéutico para llevar bata blanca todo el día y salir en un anuncio de detergente, explicándoles al mundo que es muy importante que la bata esté siempre blanca porque si no la gente que viene a comprar condones no se fía de la higiene del negocio.

Pero, para ser sinceros, lo más admirable de los farmacéuticos es su capacidad para entender la letra de los médicos. ¡Eso sí que tiene mérito! Cada vez que llevas una receta a la farmacia, una receta que has estado estudiando en tu casa durante horas sin entender ni papa, se la entregas al farmacéutico con una sonrisa de suficiencia y piensas “Venga, va, a ver si pillas el código da vinci, macho”... y antes de que la dejes encima del mostrador el tío lissssto va y te pregunta “¿Lo quiere en cápsulas o en grageas?” ¡Me cago en mis detritos yo siempre en grageas, joder! ¡La duda ofende! ¡Qué falta de profesionalidad!

Pero, sabeis por qué yo no puedo ser farmacéutico... Porque si lo fuera me haría llamar boticario y pondría un cartel fuera que diría “Aquí hay de todo, como en botica”, y, claro, luego tendría que montar unos grandes almacenes. Gracias por su visita. Que tenga un buen día.

lunes, 22 de mayo de 2006

En defensa de... los camareros madrileños

La sección dedicada a la defensa de los colectivos tradicionalmente maltratados por la sociedad. Hoy dedicaremos esta sección de utilidad social a los camareros madrileños.

Casi todo el mundo odia a los camareros madrileños pero las razones aparentes para ello, una vez analizadas con cierto rigor, se desvelan insuficientes para justificar esa animadversión de la que son objeto los profesionales de la bandeja y el madroño.

Así pues, en esta sección nos encargaremos de sacar a la luz las razones por las cuales los camareros madrileños merecen tanto cariño y reconocimiento social como cualquiera de nosotros (en general, no este pobre juntaletras en particular). Y, si no lo conseguimos, al menos esta sección servirá para que si alguno de nuestros lectores está intentando ligar con alguien y se pone a parir a los camareros madrileños y resulta que ese o esa alguien le espeta un “Pues mi padre es camarero madrileño”, pueda solventar la papeleta y salir del brete con torería y valor.

Introducido el tema, ataquémoslo de una vez por todas, ¡maldita sea!

Sobre los camareros en general recae la dudosa fama de que son más chulos que un ocho.
Sobre los madrileños en general recae el dudoso honor de ser más chulos que un ocho.
Nuestros oyentes son lo suficientemente inteligentes como para deducir que sobre los camareros madrileños recaerá dura labor de ser más chulos que un dieciséis.

No es fácil, como podrán imaginar nuestros oyentes, ser un camarero madrileño, exhibiendo su chulería todo el día sin un solo momento de descanso. Es duro, muy duro.

No es nada sencillo caminar por detrás de la barra sabiéndose poseedores de la verdad absoluta. Es una carga muy pesada, casi tanto como la que Frodo se ve obligado a portar en El Señor de los Anillos.

No hay nada que les gustaría más a los camareros madrileños que aceptar que el cliente siempre tiene la razón. Darían todo lo que tienen por aparcar esa prepotencia que les hermana con los árbitros de fútbol y poder pronunciar frases como “Muchas gracias, que tenga un buen día” o “¿Qué desea?”. Pero no es posible.

Con gran dolor de corazón se ven obligados a mantener su fama de chulos y maleducados y a seguir poniendo los bocatas de lo que les sale de los cojones, el whisky sin hielo y la cerveza caliente y sin espuma.

Ahora que ya sabemos que los camareros madrileños no son más que víctimas de su propia circunstancia, quizás seamos un poco más comprensibles con sus desplantes. Sin embargo, lo que yo nunca les perdonaré es que no sepan hacer carajillos.

jueves, 18 de mayo de 2006

En defensa de... los notarios

La sección dedicada a la defensa de los colectivos tradicionalmente maltratados por la sociedad. Hoy dedicaremos esta sección de utilidad social a los notarios.

Casi todo el mundo odia a los notarios pero las razones aparentes para ello, una vez analizadas con cierto rigor, se desvelan insuficientes para justificar esa animadversión de la que son objeto las profesionales del doyfé y la firma.

Así pues, en esta sección nos encargaremos de sacar a la luz las razones por las cuales los notarios merecen tanto cariño y reconocimiento social como cualquiera de nosotros (en general, no del autor de este vergonzante panfletillo). Y, si no lo conseguimos, al menos esta sección servirá para que si alguno de nuestros lectores está intentando ligar con alguien y empieza a desbarrar de los notarios y resulta que ese o esa alguien le espeta un “Pues mi padre es notario”, pueda solventar la papeleta y salir del brete con torería y valor.

Introducido el tema, ataquémoslo de una vez por todas, ¡maldita sea!


La verdad es que no sé de dónde se ha el delirante elucubrador de este texto sección esa historia de que los notarios están maltratados por la sociedad. Que todo el mundo tiene envidia de ellos porque se sacan un dineral por echar dos o tres firmitas de nada, de acuerdo. Pero eso no quiere decir que la sociedad les maltrate. La gente no va por la calle tirando piedras a los notarios ni haciendo graffitis en las notarías. Es el de notario un oficio tan respetado como el que más, aunque hemos de admitir que es cierto que los notarios no es que se hayan labrado precisamente una fama de gente hacendosa y trabajadora.

Pero, claro, el loco juntaletras que perpetra las entradillas de este diario de bitácora tuvo una vez una experiencia desagradable por culpa de un notario que le guindó 50 mil lúas de las antiguas pesetas por dar fe de que todo estaba en regla en un contrato de compra-venta de una plaza de garage y luego resulta que había un montón de recibos pendientes de pago...

Lo cierto es que los notarios se tiran un montón de años haciendo oposiciones para ganarse la plaza. Ese tiempo que se pasan estudiando y sin salir a la calle les agria el carácter, qué duda cabe. Además, evidentemente, cuando están tanto tiempo estudiando y sin currar es que sus familias no son precisamente pobres. Sólo tienen una idea en la mente: el dinero. Así pues, nada más aprobar las oposiciones, que ya todo el mundo va a visitarles y les dice “Joder, qué suerte: la vida resuelta”, ellos no ven ni escuchan nada: sólo ven billetes y firmas. Por una firma, 200 euros, por dos, 400 euros, por tres, venga va, por tres hacemos oferta, tres firmas 1000 euros... Y menos mal que no cobran por palabras escritas en el contrato, sí, palabras escritas... No hablo de leídas: ahí sí que ahorran los espabilaos... se leen una escritura de diez páginas en medio minuto. ¡Qué capacidad de abreviatura!

En resumidas cuentas, que lo que todos sentimos por los notarios es envidia y que hemos de comprender que sean unos amargaos y unos avaros porque han pasado mucho tiempo estudiando oposiciones.

Y no quisiera dejar pasar esta oportunidad sin contar el chiste del tipo que le pregunta a una mujer: “¿Por favor, señorita, la notaría?”, y ella le responde “Hombre, si se acerca un poco más”

lunes, 15 de mayo de 2006

En defensa de... los mecánicos

En defensa de...: la sección dedicada a la defensa de los colectivos tradicionalmente maltratados por la sociedad. Hoy dedicaremos esta sección de utilidad social a los mecánicos.

Casi todo el mundo odia a los mecánicos pero las razones aparentes para ello, una vez analizadas con cierto rigor, se desvelan insuficientes para justificar esa animadversión de la que son objeto los profesionales del delco y la llave inglesa.

Así pues, en esta sección nos encargaremos de sacar a la luz las razones por las cuales los mecánicos merecen tanto cariño y reconocimiento social como cualquiera de nosotros . Y, si no lo conseguimos, al menos esta sección servirá para que si alguno de nuestros lectores está intentando ligar con alguien y se pone a parir a los mecánicos y resulta que ese o esa alguien le espeta un “Pues mi padre es mecánico”, pueda solventar la papeleta y salir del brete con torería y valor.

Introducido el tema, ataquémoslo de una vez por todas, ¡maldita sea!

La vida laboral de los mecánicos está llena de tópicos. Bueno, la vida laboral y la otra también. Siendo como somos especialmente aficionados en esta sección a los tópicos, no podíamos dejar pasar la oportunidad de darnos el gustazo de hablar de los mecánicos.

Todos los mecánicos sisan a sus clientes. ¡Todos! ¡Absolutamente todos! ¿Está claro? ¿No es esa una razón suficiente para odiar a los mecánicos? Yo creo que sí... pero bueno... A ver, espera... seguro que algún lector está pensando es su casa: “A mí no me engañan. Yo tengo nociones de mecánica y a mi no me engañan”. Vamos a ver, alma de cántaro, pero, ¿qué me estás contando? ¿Que a ti no te engañan? ¡A ti el doble, por chulo! Vamos que llegas tú al taller y te acercas así como con miedo de no mancharte, porque hay que ver lo sucio que está todo en los talleres, eh?... bueno, llegas y tienes que esperar un buen rato porque el mecánico jefe está debajo de un Renault 21 y el aprendiz está hablando por el móvil con la churri... Al cabo de un cuarto de hora, en el que te entretienes mirando los calendarios con chavalas en pelotas que cuelgan de cada centímetro cuadrado de las paredes del taller (¡toma topicazo!)... Transcurridos quince minutos, decía, el aprendiz por fin te atiende... “¿Qué quería?”, te pregunta... “Hola, buenas, venía a por el Ibiza blanco, ese que está ahí detrás...” Y el aprendiz que pega un grito... “Manolo, el del Ibiza que viene a llevárselo...” El aprendiz, que siempre, pero es que SIEMPRE tiene un aro en la oreja izquierda, los pelos de pincho y pinta de bakala, se va al despacho a hablar por teléfono y Manolo, el jefe, aún se tira cinco minutos dándole a la llave allen... cuando se desliza con ese tablero con ruedines y le ves la cara te llevas un susto... por lo feo que es, por el tamaño del puro que se está fumando y porque ya no lo esperabas. Te mira fijamente, como si te fuera a sablear (al fin y al cabo, es lo que va a hacer), se limpia las manos con un trapo que está aún más sucio, te hace un gesto como de ir a darte la mano y te pregunta, sin quitarse el puro de la boca: “¿El Ibiza?” Y tú, por contestar algo, dices: “Sí, ese que está ahí detrás, el blanco...” Innecesaria aclaración del todo punto. En el taller sólo hay cuatro coches y tu Ibiza es el único que hay. Tú intentas tomar el mando de la situación y te adelantas: “¿Qué tenía? Seguro que no era nada, lo iba a arreglar yo mismo pero es que nunca tengo tiempo.”... ¡La has cagado, macho! Ya te ha calado... El tío piensa rápido: “Así que este es uno de esos listillos que se cree que sabe de mecánica, eh?, pues va a pagar el doble”. Se saca el puro de la boca y tú ya sabes que va a pasar algo grave... Te empiezan a temblar las piernas cuando comienza a hablar: “Hemos tenido que cambiarle el transruptor del arranque, que había jodido el escape con una obstrucción de gases y eso ha hecho que las camisas se deformen, casi gripa el motor pero lo hemos pillado a tiempo, lo único que hemos tenido de volver a calibrar los flejes y a poner a punto las bujías. Una estaba perlada.” Y te enseña una bujía... Luego saca una pieza que si no supieras de mecánica pensarías que es el mecanismo interior de una cisterna de water y te dice: “El tranruptor... está para tirarlo pero si se lo quiere quedar...” Tú niegas con la cabeza: “No, da igual...” Y para romper un poco el ambiente tenso, tratas de bromear: “Vaya, y yo que creía que era del delco...” y sonríes, pero eso no cambia el rictus de perdonavidas del mecánico, que parece Clint Eastwood con el transruptor ese en la mano... Así que te armas de valor y preguntas con una vocecilla apenas audible: “¿Y cuánto sube?” El tío se vuelve a poner el puro en la boca y grita: “Niño, trae la nota”. El bakala cuelga el teléfono y coge un papel sucio, en el que apenas se puede leer nada... Se lo da a su jefe, este lo mira y dice: “Bueno, son 300 euros de piezas, pero a esto hay que sumarle 150 de mano de obra. ¿Lo quiere con IVA?” Y tú, aterrorizado, niegas con la cabeza y dices: “Un poco caro, ¿no?” De nada sirve, no hay piedad. “Bueno, ¿se lo va a llevar o qué?” “Sí, sí, voy un momentín al cajero que ahora no llevo bastante. Vaya sacándolo por favor”. Pero cuando vuelves, el coche aún está ahí. Pagas con una sensación similar a la que deben de tener los que son sodomizados por primera vez y aún tienes que esperar media hora a que te saquen el coche. Si tienes suerte, no te habrán estropeado nada mientras arreglaban lo otro. Pero, eso sí, jamás sabrás realmente cuál era la avería original.


Pero, ojo, que los mecánicos son buena gente. Igual te los encuentras un día en el bar y si acaban de ganar algo en la máquina tragaperras puede que te inviten a una cerveza y todo.