sábado, 1 de marzo de 2025
martes, 21 de marzo de 2023
Sentado al sol #5
Sentado al sol recordaba, mientras los últimos rayos menguaban en el horizonte, el momento exacto en que la expresión "a punta pala" fue sustituida por "mogollón". Reflexionó sobre la diferente base poética de ambas expresiones. "A punta pala" tenía reminiscencias a aquellos tiempos en los que la abundancia podía venir dada a través del buen uso de las herramientas, del esfuerzo individual o colectivo, de la fuerza de voluntad. A cambio, "mogollón" sonaba a canción de los Inhumanos, a sudor revenido y grasiento, a copiosidad obtenida por un golpe de suerte. Definitivamente, estaba convencido de presenciar desde su silla de mimbre en la puerta del patio de su casa el crepúsculo, un crepúsculo.
viernes, 3 de marzo de 2023
domingo, 29 de mayo de 2022
Memo: passwordle
lunes, 9 de mayo de 2022
El magistrado despistado
viernes, 8 de octubre de 2021
La doble vida de P.
martes, 14 de abril de 2020
Caritas
En realidad, era un emoticono que nació con la peor de las características con las que puede nacer un emoticono: la neutralidad.
No expresaba nada.
No es que no expresara "LA NADA", sino que directamente no expresaba nada. Era un emoticono que lo mismo servía para un roto que para un descosío, lo mismo para un toro que para un torero, lo mismo para un botón que para un ojal, lo mismo para una boca que para un ojete... Era tan versátil que era completamente inútil.
Pasó por la escuela de la vida de los emoticonos sin pena ni gloria, sin triunfos ni fracasos, sin alegrías ni tristezas, sin guerra ni paz...
Cuando le tocó salir a lidiar en los cajones de emoticonos de los teléfonos móviles de las personas, quedó relegado al fondo del armario, como ese calcetín desemparejado que nunca te pones porque no sirve de nada. A nadie, de momento y hasta que se ponga de moda porque algún futbolista despistado decide salir así vestido a una rueda de prensa multitudinaria, se le ocurre salir vestido con un solo calcetín. Nadie decide poner un mensaje con un emoticono que no sirve para expresar nada.
Así que, aunque Caritas no era un emoticono feliz ni desgraciado, su vida sí que lo era. Sobre todo, por falta de uso.
Hasta que un día vio un cartel de una película protagonizada por Nicholas Cage. Y se dijo "Esta es la mía".
jueves, 9 de abril de 2020
miércoles, 25 de diciembre de 2019
Regalo de Navidad
sábado, 16 de febrero de 2019
Sentado al sol #4

Como cuando conoció a la persona que conocía a un individuo que una vez se cruzó por la calle con otro tipo que resultó ser muy amigo de otro sujeto que había asistido a unas clases impartidas por alguien que, además de ser profesor, tocaba la batería en un grupo con otro fulano que cantaba y bailaba en un programa de televisión presentado por otro tío que una vez cenó con un personaje tremendamente famoso del que él mismo era un gran admirador. La frase salió sola: "El mundo es un pañuelo".
sábado, 26 de enero de 2019
Sentado al sol #3
sábado, 19 de enero de 2019
Sentado al sol #2
Como aquella vez que, creyéndose enamorado de una compañera de clase con la que había intercambiado unas pocas miradas y dos o tres sonrisas, caminó con determinación prusiana hacia el barrio donde vivía la chica con la intención de hacerse el encontradizo y declararle su amor. Pero aquel día el sol lucía en todo su esplendor y las gafas oscuras eran preceptivas, razón por la cual, cuando coincidió en la acera con el objeto de sus desvelos las miradas no coincidieron y no se pudo entablar conversación. Minutos después, en la parada del autobús, conoció a la mujer de su vida.sábado, 12 de enero de 2019
Sentado al sol #1
(continuará)
lunes, 26 de marzo de 2018
sábado, 13 de mayo de 2017
Una historia de amor
La bolsa de plástico quedó enganchada en la rama del árbol. Durante mucho tiempo, no sé exactamente cuánto, ese abrazo que el árbol dio a la bolsa significó mucho para mi. Desde la ventana de mi oficina, cada mañana comprobaba que había cosas que podían perdurar. Una bonita metáfora, una hermosa historia de amor.
Pero una mañana, el mismo vehículo que les había unido, en una cruel ráfaga, la destrozó a ella que, hecha jirones, no pudo resistir mucho más y, finalmente, en varios trozos abandonó a su amado. No sé si al árbol le costó mucho recuperarse, o le costó poco olvidarla... Pero a mi me afectó más de lo que soy capaz de admitir.
sábado, 25 de marzo de 2017
La broma infinita, de David Foster Wallace
Green y Mildred Bonk y la otra pareja con quienes habían compartido un tráiler con T. Doocy pasaron por una etapa en que se colaban en distintas fiestas universitarias y se mezclaban con los estudiantes de clase alta, y una vez, en febrero, Green se encontró en una residencia de la Universidad de Harvard donde tenía lugar una fiesta de ambiente playero y había todo un cargamento de arena en el suelo y todo el mundo llevaba collares de flores y la piel bronceada con cremas o gracias a visitas a los salones de rayos UVA, todos rubios con camisas floreadas por fuera de los pantalones y andando con aire de noblesse oblige y bebiendo copas con sombrillitas o vestidos con Speedos sin camisa y sin un solo jodido grano en la espalda y simulando hacer surf en una tabla de surfing que alguien había clavado a una ola con cresta hecha de papel maché azul y blanco con un motor dentro que hacía ondular la supuesta ola, y todas las chicas con faldas de hierba contoneándose por la habitación tratando de bailar el hula de un modo parecido al shimmy que mostraba las cicatrices de LipoVac en sus muslos a través de la hierba de sus faldas; y Mildred Bonk se hizo con una falda de hierba y un top de biquini de un montón junto a los surtidores de cerveza, y aunque ya casi estaba en su séptimo mes de embarazo entró contoneándose y reverberando en la corriente central de la diversión, pero Bruce Green se sentía mal y fuera de lugar con su chaqueta de cuero barata y el corte de pelo que se había anaranjado con gasolina en una laguna alcohólica y el parche de CÓMETE A LOS RICOS que perversamente había permitido que Mildred Bonk cosiese en la entrepierna de sus pantalones policiales, y entonces finalmente la gente se hartó del tema de Hawai Cinco-0 y empezaron con el CD de Don Ho y los Sol Hoopi, y Green se sentía tan incómodamente fascinado y repugnado y paralizado por las tonadas polinesias que puso su silla justo delante del barril y le dio tanto al surtidor del barril y se bebió tantos vasos de plástico llenos de espuma que se puso borracho perdido y le falló el esfínter, y no solo se meó sino que se cagó literalmente en los pantalones por segunda única vez en su vida y primerísima vez en público, y resultó mortificado con una vergüenza de complejas capas y se tuvo que ir con urgencia al lavabo, se quitó los pantalones y se lavó como un puto niñato teniendo que cerrar un ojo para asegurarse de que limpiaba al «yo» correcto de los dos que veía, y entonces sus pantalones de policía quedaron inservibles y él tuvo que abrir la puerta y con un brazo tatuado enterrar el pantalón en la arena de la sala como si fuese un pequeño váter para gatos, y luego, claro, qué demonios se ponía si quería volver a salir del baño o del apartamento universitario o volver a casa, de modo que tuvo que volver a cerrar un ojo y estirar el brazo para llegar a la pila de faldas de hierba y tops de biquini y coger una falda, ponérsela y salir del apartamento hawaiano por la puerta de servicio sin que nadie lo viera y luego tomar la Red Line y luego la Green Line y luego un autobús haciendo todo aquel trayecto en febrero con la barata chaqueta de cuero, las botas de empleado de carreteras y una falda de hierba cuya hierba se movía del modo más siniestro, y se pasó los siguientes tres días sin abandonar el tráiler en el Spur con una depresión paralizante de desconocida etiología, echado en el sofá lleno de manchas costrosas de Tommy D. bebiendo Southern Comfort directamente de la botella y contemplando las serpientes de Doocy, que no se movieron en su tanque ni una sola vez en tres días, y Mildred Bonk se estuvo cagando en sus muertos durante dos días por haberse sentado antisocialmente al lado del barril y luego haberse ido y haberla abandonado en su séptimo mes de embarazo en una habitación arenosa llena de rubias bronceadamente anómicas que decían cosas sutilmente maliciosas sobre sus tatuajes y esos chicos espantosos que hablaban sin mover la mandíbula y le preguntaban cosas como dónde «veraneaba» y le ofrecían consejos para comprar fondos de inversión y la invitaban al primer piso a ver sus grabados de Durero y decían que las chicas con sobrepeso les parecían terriblemente atractivas por su desafío a las normas estéticoculturales, y Bruce Green allí echado con la cabeza llena de Hoopi y penas sin resolver y sin pronunciar palabras ni elaborar una sola idea durante tres días, y había escondido bajo el volante del sofá la falda de paja que luego haría trizas en la bañera para redondear un cargamento de marihuana hidropónica de Doocy.
sábado, 4 de febrero de 2017
Cierre despacio
Uno no sabe a qué se compromete cuando accede a uno de estos vehículos de transporte público. En el fondo es como firmar un contrato. Y ya se sabe que los contratos están para cumplirlos.
Ese día no había sido especialmente bueno para Torcuato. Había tenido que dejar su coche en el taller y el comentario y la mirada del mecánico le habían hecho sospechar que no iba a ser una reparación barata. Había perdido el metro y había llegado tarde a la oficina, donde tenía una reunión muy importante con su jefe y unos posibles clientes. La reunión, por decirlo de manera suave, no había ido demasiado bien. Los posibles clientes habían dejado de serlo al final de la reunión: posibles y clientes. El resto del día no había transcurrido mucho mejor. Se había quemado los labios con un café demasiado caliente y, como directa consecuencia de ello, se había manchado la camisa. No había conseguido quitar la mancha tras pasar unos momentos interminables en el lavabo y, al volver a su mesa, su compañero le había dicho que tenía una llamada de Diego Morales, de Recursos Humanos. Cuando estaba marcando el número de la extensión de ese compañero, sonó su móvil: era la encargada de la guardería de su hija, que se había puesto malita y tenía que ir a recogerla, porque estaba vomitando encima de todos los demás niños.
Así que dejó su oficina y nada más salir a la calle paró un taxi, y tras entrar en él, le dio al taxista la dirección de la guardería. El taxista le lanzó unas cuantas miradas inquietantes a través del retrovisor, pero, por primera vez en lo que llevaba de día, Torcuato se consideró afortunado, pues al parecer era del tipo de los taxistas silenciosos.
El taxi llegó a su destino. Torcuato pagó la carrera y salió sin prestar atención al texto que figuraba en la parte exterior de la puerta trasera: Cierre despacio. Aquello fue lo último que hizo aquel día. Aquello fue lo último que hizo aquel y cualquier otro día.
Un contrato es un contrato.
lunes, 11 de julio de 2016
El rincón del poeta #2 revisited
Esta entrada, por hache o por be, pasó desapercibida en las procelosas aguas del océano que se daba en conocer como blogosfera. Ni siquiera en aquella época mereció un simple comentario. Bien es cierto que quizás la entrada no tenía ni puta gracia, ni ingenio, ni gusto, ni valor alguno, pero no por eso vamos a cometer la injusticia de no defenderla.
Dado que en este blog, y en concreto la persona que usa el plural mayestático para redactar las entradas, siempre hemos sido defensores de las causas perdidas, eso es lo que vamos a hacer precisamente: defenderla. No sólo eso, la vamos a homenajear, la vamos a deconstruir y reconstruir. Que no se diga (frase que, de no ir entre admiraciones, pierde bastante fuerza, incluso raya en lo absurdo).
Ahí va ese homenaje:
Si yo tuviera una escoba
¡cuántas cosas barrería!
Mas si tuviera una aspiradora,
¿a qué aspiraría?
¿ein?
lunes, 11 de mayo de 2015
Grandes citas desconocidas
Las estratagemas inteligentes se sitúan más allá de mi capacidad, pero si lo que hace falta es estupidez absoluta, la tengo en abundancia.
Jack Shaftoe, en La Confusión (segunda parte del Ciclo Barroco, de Neal Stephenson)