lunes, 15 de mayo de 2006

En defensa de... los mecánicos

En defensa de...: la sección dedicada a la defensa de los colectivos tradicionalmente maltratados por la sociedad. Hoy dedicaremos esta sección de utilidad social a los mecánicos.

Casi todo el mundo odia a los mecánicos pero las razones aparentes para ello, una vez analizadas con cierto rigor, se desvelan insuficientes para justificar esa animadversión de la que son objeto los profesionales del delco y la llave inglesa.

Así pues, en esta sección nos encargaremos de sacar a la luz las razones por las cuales los mecánicos merecen tanto cariño y reconocimiento social como cualquiera de nosotros . Y, si no lo conseguimos, al menos esta sección servirá para que si alguno de nuestros lectores está intentando ligar con alguien y se pone a parir a los mecánicos y resulta que ese o esa alguien le espeta un “Pues mi padre es mecánico”, pueda solventar la papeleta y salir del brete con torería y valor.

Introducido el tema, ataquémoslo de una vez por todas, ¡maldita sea!

La vida laboral de los mecánicos está llena de tópicos. Bueno, la vida laboral y la otra también. Siendo como somos especialmente aficionados en esta sección a los tópicos, no podíamos dejar pasar la oportunidad de darnos el gustazo de hablar de los mecánicos.

Todos los mecánicos sisan a sus clientes. ¡Todos! ¡Absolutamente todos! ¿Está claro? ¿No es esa una razón suficiente para odiar a los mecánicos? Yo creo que sí... pero bueno... A ver, espera... seguro que algún lector está pensando es su casa: “A mí no me engañan. Yo tengo nociones de mecánica y a mi no me engañan”. Vamos a ver, alma de cántaro, pero, ¿qué me estás contando? ¿Que a ti no te engañan? ¡A ti el doble, por chulo! Vamos que llegas tú al taller y te acercas así como con miedo de no mancharte, porque hay que ver lo sucio que está todo en los talleres, eh?... bueno, llegas y tienes que esperar un buen rato porque el mecánico jefe está debajo de un Renault 21 y el aprendiz está hablando por el móvil con la churri... Al cabo de un cuarto de hora, en el que te entretienes mirando los calendarios con chavalas en pelotas que cuelgan de cada centímetro cuadrado de las paredes del taller (¡toma topicazo!)... Transcurridos quince minutos, decía, el aprendiz por fin te atiende... “¿Qué quería?”, te pregunta... “Hola, buenas, venía a por el Ibiza blanco, ese que está ahí detrás...” Y el aprendiz que pega un grito... “Manolo, el del Ibiza que viene a llevárselo...” El aprendiz, que siempre, pero es que SIEMPRE tiene un aro en la oreja izquierda, los pelos de pincho y pinta de bakala, se va al despacho a hablar por teléfono y Manolo, el jefe, aún se tira cinco minutos dándole a la llave allen... cuando se desliza con ese tablero con ruedines y le ves la cara te llevas un susto... por lo feo que es, por el tamaño del puro que se está fumando y porque ya no lo esperabas. Te mira fijamente, como si te fuera a sablear (al fin y al cabo, es lo que va a hacer), se limpia las manos con un trapo que está aún más sucio, te hace un gesto como de ir a darte la mano y te pregunta, sin quitarse el puro de la boca: “¿El Ibiza?” Y tú, por contestar algo, dices: “Sí, ese que está ahí detrás, el blanco...” Innecesaria aclaración del todo punto. En el taller sólo hay cuatro coches y tu Ibiza es el único que hay. Tú intentas tomar el mando de la situación y te adelantas: “¿Qué tenía? Seguro que no era nada, lo iba a arreglar yo mismo pero es que nunca tengo tiempo.”... ¡La has cagado, macho! Ya te ha calado... El tío piensa rápido: “Así que este es uno de esos listillos que se cree que sabe de mecánica, eh?, pues va a pagar el doble”. Se saca el puro de la boca y tú ya sabes que va a pasar algo grave... Te empiezan a temblar las piernas cuando comienza a hablar: “Hemos tenido que cambiarle el transruptor del arranque, que había jodido el escape con una obstrucción de gases y eso ha hecho que las camisas se deformen, casi gripa el motor pero lo hemos pillado a tiempo, lo único que hemos tenido de volver a calibrar los flejes y a poner a punto las bujías. Una estaba perlada.” Y te enseña una bujía... Luego saca una pieza que si no supieras de mecánica pensarías que es el mecanismo interior de una cisterna de water y te dice: “El tranruptor... está para tirarlo pero si se lo quiere quedar...” Tú niegas con la cabeza: “No, da igual...” Y para romper un poco el ambiente tenso, tratas de bromear: “Vaya, y yo que creía que era del delco...” y sonríes, pero eso no cambia el rictus de perdonavidas del mecánico, que parece Clint Eastwood con el transruptor ese en la mano... Así que te armas de valor y preguntas con una vocecilla apenas audible: “¿Y cuánto sube?” El tío se vuelve a poner el puro en la boca y grita: “Niño, trae la nota”. El bakala cuelga el teléfono y coge un papel sucio, en el que apenas se puede leer nada... Se lo da a su jefe, este lo mira y dice: “Bueno, son 300 euros de piezas, pero a esto hay que sumarle 150 de mano de obra. ¿Lo quiere con IVA?” Y tú, aterrorizado, niegas con la cabeza y dices: “Un poco caro, ¿no?” De nada sirve, no hay piedad. “Bueno, ¿se lo va a llevar o qué?” “Sí, sí, voy un momentín al cajero que ahora no llevo bastante. Vaya sacándolo por favor”. Pero cuando vuelves, el coche aún está ahí. Pagas con una sensación similar a la que deben de tener los que son sodomizados por primera vez y aún tienes que esperar media hora a que te saquen el coche. Si tienes suerte, no te habrán estropeado nada mientras arreglaban lo otro. Pero, eso sí, jamás sabrás realmente cuál era la avería original.


Pero, ojo, que los mecánicos son buena gente. Igual te los encuentras un día en el bar y si acaban de ganar algo en la máquina tragaperras puede que te inviten a una cerveza y todo.

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