lunes, 19 de junio de 2006

El origen de la expresión aburrirse como una ostra

Hubo un tiempo, lejano, en el que las ostras no se aburrían. Es más, se lo pasaban divinamente. Iban al cine, jugaban a los bolos, quedaban con los colegas a tomarse unas cañas... Vamos, que eran de lo más animado de la fauna oceánica.

Ejem... desde aquí percibo como los lectores más escépticos están rascándose la barbilla al tiempo que fruncen el ceño en clara señal de desconfianza... "¡Sí, hombre! ¿Cómo van a hacer todas esas cosas las ostras si no se pueden mover, puesto que, como vi en el correspondiente documental de National Geographic, están encerradas en una concha que a su vez está adherida a una roca?"

No puedo por menos que aplaudir a esos lectores escépticos puesto que su afición a los documentales les hará ser mejores personas, más curiosas y mejor informadas. Pero les pediría que dejaran a un lado ese escepticismo de que hacen gala y siguieran leyendo con la mente limpia e ingenua de un niño.

Pues resulta que hace muchos años, cuando las ostras, tal como hemos quedado, se lo pasaban de puta madre y se pasaban todo el día de fiesta en fiesta, lo hacían porque no estaban encerradas en concha alguna ni, por consiguiente, estaban condenadas a la inmovilidad.

Mas, ay, llegó un día en que las ostras empezaron a tener pensamientos metafísicos... así, en general... Vamos, que empezaron a preguntarse ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿adónde vamos? (estas dos preguntas se las podían hacer, recordemos, porque no estaban confinadas a una concha). Empezaron a darle al coco y decidieron que no podían seguir así, siendo seres sin oficio ni beneficio, decidieron que tenían que ser animales de provecho... Y hubo entonces una escisión en el mundo de las ostras: unas, las ostras judías, se dedicaron a cultivar perlas; mientras que el otro bando de ostras se dedicó a montar restaurantes...

Cuando las ostras restauradoras se dieron cuenta de que el plato más exquisito a los paladares de sus clientes en sus establecimientos era su propia carne, empezaron a temer por su propia seguridad, de modo que no tuvieron más remedio que refugiarse en unas conchas que les convenció de que adquirieran un agente de la propiedad inmobiliaria argentino, aficionado a la pornografía.

A las ostras judías les pasó tres cuartos de lo mismo (cuando lo lógico es que les hubieran pasado cuatro cuartos de lo mismo, y así nos evitaríamos tener que tratar con quebrados). En este caso, lo que llevó a las ostras judías a las conchas fue el desmedido apego de estas a la propiedad privada, pues sospechaban de toda la fauna marina como posibles sustractores de sus preciadas perlas.

O sea, el agente de la propiedad inmobiliaria argentino no había engañado a las ostras, pero les había ocultado cierta información. Las conchas eran cómodas y seguras, pero no demasiado estables... vamos, que cuando había mala mar, las ostras en sus conchas iban como puta por rastrojo, o como aquella Remedios Amaya, que no sabía quien manejaba su concha y le llevaba a la deriva.

Así que la asamblea plenipotenciara de ostras propietarias de una concha se reunió y decidió que lo más prudente era asentarse, unir la concha con un poco cemento a la roca y establecerse allí como honrados animales.

Y así es como las ostras empezaron a añorar la época en que estaban todo el día de parranda. Y así es como las ostras empezaron a aburrirse. Y el resto de la fauna marina, que recordaba lo cachondas que eran las ostras en el pasado, no tuvo reparos en acuñar la frase "aburrirse como una ostra", para mefa, bofa y escarnio de las propias ostras.

Queda por explicar cómo dicha historia trascendió y llegó a ser conocida por algún humano que pudiera incorporar la expresión "aburrirse como una ostra" al rico y variado acerbo popular. Lo más sencillo es tomar un atajo al estilo J.J. Benítez.

Una nave extraterrestre descendió sobre el planeta Tierra y se sumergió en la mar oceana, teniendo su primer contacto con una ostra que añoraba aquellos tiempos de fiesta y les contó esta historia a los receptivos marcianitos. Luego estos mismos marcianitos abducieron un marino de Fuenterrabía con el que llegaron a hacer buena amistad (aún se mandan tarjetas por Navidad) y al que, al final, acabaron contando la historia del aburrimiento de las ostras, mientras se pasaban las horas muertas entre sus experimentos y todo eso que se supone que te hacen cuando te abducen los "ornis".

¡Ostras!, exclamó el marino cuando escuchó por primera vez esta historia, y de paso acuñó una nueva interjección, elegante, no tan vulgar como ¡Hostia! y no tan repipi como ¡Cáspita!

4 comentarios:

arda dijo...

jajaja, MMMMMUUUUUUUUUYYYYYYY BUENO !!!

te presto un poco para mi blog, justo escribía que me aburro como una ostra y me preguntaba pq se dice que se aburren y te he encontrado
gracias!!!!

Ramsés XII dijo...

Celebérrimo! y que hay de otros bivalvos,me preguntaba si las almejas también se aburren soberanamente?

Anónimo dijo...

Tremendo!

Anónimo dijo...

pues si os cuento lo que me aburro yo....