viernes, 27 de abril de 2018

lunes, 22 de enero de 2018

El origen de la expresión: a regañadientes

De las profundidades submarinas, de las más oscuras criptas, de las más recónditas grutas, de los universos más lejanos... regresa Ínfulas, cual Ave Fénix, dispuesta a narrar las aventuras más increíbles y a repetir tantas veces como sea necesario la excusa arquetípica de que "el perro se ha comido los deberes" cuando se nos pregunte dónde hemos estado todo este tiempo. Si a algunos partidos políticos les funciona, por qué a un humilde blog que ya no vive el mejor de sus tiempos no le va a servir.

Mientras tanto, no obstante, vamos a indagar y compartir conocimientos con nuestros amables y pacientes lectores (aunque puede que el plural sea demasiado aventurado), sobre una de las cosas que siempre han fascinado a los redactores de este cuaderno de bitácora del siglo XXI: el origen de las expresiones.

La que hoy nos ocupa hará las delicias de los odontólogos, dentistas, sacamuelas, ortodoncios y otros profesionales del mundo del piño. Se trata, ni más ni menos, de la expresión "a regañadientes".

Se usa esta expresión, como sin duda sabrán todos los circunstantes, para referirse al modo de aceptar una sugerencia, petición o exigencia sin estar del todo convencido que lo que se nos pide sea lo mejor o más rentable para nosotros mismos.

Ínfulas se ha sumergido en las procelosas aguas de los océanos de la red de redes y hete aquí que no hemos encontrado nada que sirva mínimamente para explicar el origen de esta expresión.

Es por ello que, como suele suceder en estos casos, nos hemos decantado por inventarnos el origen de la expresión (como, seamos sinceros, hemos hecho siempre).

Corría el siglo XVI en la estepa castellana cuando los barberos usaban la bacía y la navaja para muchas otras cosas además de rasurar mentones. Y aconteció que llegó el momento en que a las múltiples atribuciones de los profesionales de la barba se le sumó el sacar muelas, colmillos, dientes o premolares.

Claro, los clientes no estaban muy convencidos del servicio. Eso es algo que sigue ocurriendo hoy en día con los sucesores de aquellos barberos pioneros.

De tal suerte (o desgracia) que quien acudía al barbero aquejado de un dolor de muelas, por muy resignado que estuviera, nunca estaba persuadadido del todo y, por lo tanto, cuando el barbero (que nunca fue tonto) pedía la moneda por anticipado, el cliente-paciente la soltaba regañando por entre los dientes, a partes iguales por el dolor que siempre supone deshacerse de una fracción de la hacienda propia (por ínfima que sea dicha fracción), el dolor de muelas que traía de casa y el dolor que suponía iba a ser provocado por las tenazas del fígaro en cuestión.

Y así ha quedado esta expresión hasta nuestros días.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Aforismo de todo a un euro #101

Antes de que se inventaran las Olimpiadas, ¿cómo mostraba la gente su más absoluta indiferencia?

domingo, 10 de septiembre de 2017

Aforismo de todo a un euro #100

Era una pareja tan bien avenida, tan bien avenida, tan bien avenida, que al final se convirtió en bulevar.

(Gracias, Nancy)

lunes, 31 de julio de 2017

De mar a mar

Aquí estoy en la luna. Recordando. Recordándote. ¿Qué estarás haciendo en este momento tú?

Me gusta imaginar que estás bañándote en el Cantábrico. En la playa de la Concha. Nuestra playa. Nuestro mar. Ahora estás flotando entre las olas del Mar Cantábrico. Lo sé. Percibo con claridad que estás haciendo el muerto, dejándote mecer suavemente en el agua, mirando hacia arriba, buscando con la mirada la luna, que colándose en la fiesta de la luminosa tarde de San Sebastián, habrá aparecido discretamente por detrás del Monte Igueldo.

Entonces piensas en mi. Sabes que estoy en la luna, rodeado de un regolito gris, en el Mar de la Tranquilidad, embutido en mi traje herméticamente presurizado, contemplando el hermoso espectáculo del planeta intensamente azul que me vio nacer, posiblemente una de las estampas más hermosas del universo. Un planeta que se llama Tierra y que deberíamos haber bautizado como Mar.

No pudimos despedirnos adecuadamente. El mensaje de la ESA me pilló desprevenido, no estabas en la ciudad, habíamos discutido, una llamada telefónica que me dejó un gusto amargo en la boca, que echaba de menos un beso que hubiera dulcificado las cosas. Todo fue demasiado rápido, demasiado brusco. Pensé entonces que la misión sólo iba a durar un par de meses. Era lo planeado. Pero a veces los planes no salen como queremos.

Desde el Mar de la Tranquilidad estoy mirando ese ángulo azul que hay entre Francia y España y sé que estás allí mirando hacia aquí. Me doy cuenta de que formo parte de la masa de este satélite. Noto que participo en una ínfima proporción de la fuerza de atracción que la Luna causa en la Tierra. Esa atracción que se manifiesta, sobre todo, en el Mar. Hay tantas cosas que quiero decirte, ahora que sé que no voy a sobrevivir. Ahora que sé que es materialmente imposible que alcance el módulo de emergencia que supondría mi salvación. Mi rover de exploración se ha estropeado demasiado lejos de cualquier parte. Hay tantas cosas que quiero decirte y sólo tengo un medio de transmitirte mi mensaje. Deja que la marea te susurre al oído que te quiero. Que siempre te querré.

sábado, 13 de mayo de 2017

Una historia de amor

Se sentía arrastrada, empujada, conducida... y ella no parecía tener ninguna posibilidad de elegir su propio camino. Se sentía vacía y realmente lo estaba desde que la habían abandonado en la calle. Al principio, comenzó a moverse despacio y parecía que incluso podía decidir cómo y por dónde moverse. Pero apenas, sin darse cuenta, el viento comenzó a "ayudar" sus movimientos. Parecía que el viento le hacía más fácil seguir moviéndose, pero era sólo una apariencia. Realmente, no mucho después, ella se percató de que quien decidía sus movimientos, su dirección, su velocidad... era el viento. Entonces comenzó a volar. Disfrutó de un breve vuelo que finalizó bruscamente en un golpe contra el pavimento de la calle. Ya se había dado cuenta de que no tenía ningún albedrío. Entró en un parque y entonces lo vio. Otro golpe de viento la elevó, le hizo dar un par de tirabuzones en el aire hasta que finalmente quedó atrapada por él.

La bolsa de plástico quedó enganchada en la rama del árbol. Durante mucho tiempo, no sé exactamente cuánto, ese abrazo que el árbol dio a la bolsa significó mucho para mi. Desde la ventana de mi oficina, cada mañana comprobaba que había cosas que podían perdurar. Una bonita metáfora, una hermosa historia de amor.

Pero una mañana, el mismo vehículo que les había unido, en una cruel ráfaga, la destrozó a ella que, hecha jirones, no pudo resistir mucho más y, finalmente, en varios trozos abandonó a su amado. No sé si al árbol le costó mucho recuperarse, o le costó poco olvidarla... Pero a mi me afectó más de lo que soy capaz de admitir.

jueves, 11 de mayo de 2017

sábado, 25 de marzo de 2017

La broma infinita, de David Foster Wallace

Green y Mildred Bonk y la otra pareja con quienes habían compartido un tráiler con T. Doocy pasaron por una etapa en que se colaban en distintas fiestas universitarias y se mezclaban con los estudiantes de clase alta, y una vez, en febrero, Green se encontró en una residencia de la Universidad de Harvard donde tenía lugar una fiesta de ambiente playero y había todo un cargamento de arena en el suelo y todo el mundo llevaba collares de flores y la piel bronceada con cremas o gracias a visitas a los salones de rayos UVA, todos rubios con camisas floreadas por fuera de los pantalones y andando con aire de noblesse oblige y bebiendo copas con sombrillitas o vestidos con Speedos sin camisa y sin un solo jodido grano en la espalda y simulando hacer surf en una tabla de surfing que alguien había clavado a una ola con cresta hecha de papel maché azul y blanco con un motor dentro que hacía ondular la supuesta ola, y todas las chicas con faldas de hierba contoneándose por la habitación tratando de bailar el hula de un modo parecido al shimmy que mostraba las cicatrices de LipoVac en sus muslos a través de la hierba de sus faldas; y Mildred Bonk se hizo con una falda de hierba y un top de biquini de un montón junto a los surtidores de cerveza, y aunque ya casi estaba en su séptimo mes de embarazo entró contoneándose y reverberando en la corriente central de la diversión, pero Bruce Green se sentía mal y fuera de lugar con su chaqueta de cuero barata y el corte de pelo que se había anaranjado con gasolina en una laguna alcohólica y el parche de CÓMETE A LOS RICOS que perversamente había permitido que Mildred Bonk cosiese en la entrepierna de sus pantalones policiales, y entonces finalmente la gente se hartó del tema de Hawai Cinco-0 y empezaron con el CD de Don Ho y los Sol Hoopi, y Green se sentía tan incómodamente fascinado y repugnado y paralizado por las tonadas polinesias que puso su silla justo delante del barril y le dio tanto al surtidor del barril y se bebió tantos vasos de plástico llenos de espuma que se puso borracho perdido y le falló el esfínter, y no solo se meó sino que se cagó literalmente en los pantalones por segunda única vez en su vida y primerísima vez en público, y resultó mortificado con una vergüenza de complejas capas y se tuvo que ir con urgencia al lavabo, se quitó los pantalones y se lavó como un puto niñato teniendo que cerrar un ojo para asegurarse de que limpiaba al «yo» correcto de los dos que veía, y entonces sus pantalones de policía quedaron inservibles y él tuvo que abrir la puerta y con un brazo tatuado enterrar el pantalón en la arena de la sala como si fuese un pequeño váter para gatos, y luego, claro, qué demonios se ponía si quería volver a salir del baño o del apartamento universitario o volver a casa, de modo que tuvo que volver a cerrar un ojo y estirar el brazo para llegar a la pila de faldas de hierba y tops de biquini y coger una falda, ponérsela y salir del apartamento hawaiano por la puerta de servicio sin que nadie lo viera y luego tomar la Red Line y luego la Green Line y luego un autobús haciendo todo aquel trayecto en febrero con la barata chaqueta de cuero, las botas de empleado de carreteras y una falda de hierba cuya hierba se movía del modo más siniestro, y se pasó los siguientes tres días sin abandonar el tráiler en el Spur con una depresión paralizante de desconocida etiología, echado en el sofá lleno de manchas costrosas de Tommy D. bebiendo Southern Comfort directamente de la botella y contemplando las serpientes de Doocy, que no se movieron en su tanque ni una sola vez en tres días, y Mildred Bonk se estuvo cagando en sus muertos durante dos días por haberse sentado antisocialmente al lado del barril y luego haberse ido y haberla abandonado en su séptimo mes de embarazo en una habitación arenosa llena de rubias bronceadamente anómicas que decían cosas sutilmente maliciosas sobre sus tatuajes y esos chicos espantosos que hablaban sin mover la mandíbula y le preguntaban cosas como dónde «veraneaba» y le ofrecían consejos para comprar fondos de inversión y la invitaban al primer piso a ver sus grabados de Durero y decían que las chicas con sobrepeso les parecían terriblemente atractivas por su desafío a las normas estéticoculturales, y Bruce Green allí echado con la cabeza llena de Hoopi y penas sin resolver y sin pronunciar palabras ni elaborar una sola idea durante tres días, y había escondido bajo el volante del sofá la falda de paja que luego haría trizas en la bañera para redondear un cargamento de marihuana hidropónica de Doocy.

domingo, 5 de marzo de 2017

Consejos vendo que para mi no tengo #5

En realidad, cuando alguien te dice "Que no te engañen" lo que realmente está queriendo decir es "Que no te engañen ellos, deja que te engañe yo".