domingo, 10 de septiembre de 2017

Aforismo de todo a un euro #100

Era una pareja tan bien avenida, tan bien avenida, tan bien avenida, que al final se convirtió en bulevar.

(Gracias, Nancy)

lunes, 31 de julio de 2017

De mar a mar

Aquí estoy en la luna. Recordando. Recordándote. ¿Qué estarás haciendo en este momento tú?

Me gusta imaginar que estás bañándote en el Cantábrico. En la playa de la Concha. Nuestra playa. Nuestro mar. Ahora estás flotando entre las olas del Mar Cantábrico. Lo sé. Percibo con claridad que estás haciendo el muerto, dejándote mecer suavemente en el agua, mirando hacia arriba, buscando con la mirada la luna, que colándose en la fiesta de la luminosa tarde de San Sebastián, habrá aparecido discretamente por detrás del Monte Igueldo.

Entonces piensas en mi. Sabes que estoy en la luna, rodeado de un regolito gris, en el Mar de la Tranquilidad, embutido en mi traje herméticamente presurizado, contemplando el hermoso espectáculo del planeta intensamente azul que me vio nacer, posiblemente una de las estampas más hermosas del universo. Un planeta que se llama Tierra y que deberíamos haber bautizado como Mar.

No pudimos despedirnos adecuadamente. El mensaje de la ESA me pilló desprevenido, no estabas en la ciudad, habíamos discutido, una llamada telefónica que me dejó un gusto amargo en la boca, que echaba de menos un beso que hubiera dulcificado las cosas. Todo fue demasiado rápido, demasiado brusco. Pensé entonces que la misión sólo iba a durar un par de meses. Era lo planeado. Pero a veces los planes no salen como queremos.

Desde el Mar de la Tranquilidad estoy mirando ese ángulo azul que hay entre Francia y España y sé que estás allí mirando hacia aquí. Me doy cuenta de que formo parte de la masa de este satélite. Noto que participo en una ínfima proporción de la fuerza de atracción que la Luna causa en la Tierra. Esa atracción que se manifiesta, sobre todo, en el Mar. Hay tantas cosas que quiero decirte, ahora que sé que no voy a sobrevivir. Ahora que sé que es materialmente imposible que alcance el módulo de emergencia que supondría mi salvación. Mi rover de exploración se ha estropeado demasiado lejos de cualquier parte. Hay tantas cosas que quiero decirte y sólo tengo un medio de transmitirte mi mensaje. Deja que la marea te susurre al oído que te quiero. Que siempre te querré.

sábado, 13 de mayo de 2017

Una historia de amor

Se sentía arrastrada, empujada, conducida... y ella no parecía tener ninguna posibilidad de elegir su propio camino. Se sentía vacía y realmente lo estaba desde que la habían abandonado en la calle. Al principio, comenzó a moverse despacio y parecía que incluso podía decidir cómo y por dónde moverse. Pero apenas, sin darse cuenta, el viento comenzó a "ayudar" sus movimientos. Parecía que el viento le hacía más fácil seguir moviéndose, pero era sólo una apariencia. Realmente, no mucho después, ella se percató de que quien decidía sus movimientos, su dirección, su velocidad... era el viento. Entonces comenzó a volar. Disfrutó de un breve vuelo que finalizó bruscamente en un golpe contra el pavimento de la calle. Ya se había dado cuenta de que no tenía ningún albedrío. Entró en un parque y entonces lo vio. Otro golpe de viento la elevó, le hizo dar un par de tirabuzones en el aire hasta que finalmente quedó atrapada por él.

La bolsa de plástico quedó enganchada en la rama del árbol. Durante mucho tiempo, no sé exactamente cuánto, ese abrazo que el árbol dio a la bolsa significó mucho para mi. Desde la ventana de mi oficina, cada mañana comprobaba que había cosas que podían perdurar. Una bonita metáfora, una hermosa historia de amor.

Pero una mañana, el mismo vehículo que les había unido, en una cruel ráfaga, la destrozó a ella que, hecha jirones, no pudo resistir mucho más y, finalmente, en varios trozos abandonó a su amado. No sé si al árbol le costó mucho recuperarse, o le costó poco olvidarla... Pero a mi me afectó más de lo que soy capaz de admitir.

jueves, 11 de mayo de 2017

sábado, 25 de marzo de 2017

La broma infinita, de David Foster Wallace

Green y Mildred Bonk y la otra pareja con quienes habían compartido un tráiler con T. Doocy pasaron por una etapa en que se colaban en distintas fiestas universitarias y se mezclaban con los estudiantes de clase alta, y una vez, en febrero, Green se encontró en una residencia de la Universidad de Harvard donde tenía lugar una fiesta de ambiente playero y había todo un cargamento de arena en el suelo y todo el mundo llevaba collares de flores y la piel bronceada con cremas o gracias a visitas a los salones de rayos UVA, todos rubios con camisas floreadas por fuera de los pantalones y andando con aire de noblesse oblige y bebiendo copas con sombrillitas o vestidos con Speedos sin camisa y sin un solo jodido grano en la espalda y simulando hacer surf en una tabla de surfing que alguien había clavado a una ola con cresta hecha de papel maché azul y blanco con un motor dentro que hacía ondular la supuesta ola, y todas las chicas con faldas de hierba contoneándose por la habitación tratando de bailar el hula de un modo parecido al shimmy que mostraba las cicatrices de LipoVac en sus muslos a través de la hierba de sus faldas; y Mildred Bonk se hizo con una falda de hierba y un top de biquini de un montón junto a los surtidores de cerveza, y aunque ya casi estaba en su séptimo mes de embarazo entró contoneándose y reverberando en la corriente central de la diversión, pero Bruce Green se sentía mal y fuera de lugar con su chaqueta de cuero barata y el corte de pelo que se había anaranjado con gasolina en una laguna alcohólica y el parche de CÓMETE A LOS RICOS que perversamente había permitido que Mildred Bonk cosiese en la entrepierna de sus pantalones policiales, y entonces finalmente la gente se hartó del tema de Hawai Cinco-0 y empezaron con el CD de Don Ho y los Sol Hoopi, y Green se sentía tan incómodamente fascinado y repugnado y paralizado por las tonadas polinesias que puso su silla justo delante del barril y le dio tanto al surtidor del barril y se bebió tantos vasos de plástico llenos de espuma que se puso borracho perdido y le falló el esfínter, y no solo se meó sino que se cagó literalmente en los pantalones por segunda única vez en su vida y primerísima vez en público, y resultó mortificado con una vergüenza de complejas capas y se tuvo que ir con urgencia al lavabo, se quitó los pantalones y se lavó como un puto niñato teniendo que cerrar un ojo para asegurarse de que limpiaba al «yo» correcto de los dos que veía, y entonces sus pantalones de policía quedaron inservibles y él tuvo que abrir la puerta y con un brazo tatuado enterrar el pantalón en la arena de la sala como si fuese un pequeño váter para gatos, y luego, claro, qué demonios se ponía si quería volver a salir del baño o del apartamento universitario o volver a casa, de modo que tuvo que volver a cerrar un ojo y estirar el brazo para llegar a la pila de faldas de hierba y tops de biquini y coger una falda, ponérsela y salir del apartamento hawaiano por la puerta de servicio sin que nadie lo viera y luego tomar la Red Line y luego la Green Line y luego un autobús haciendo todo aquel trayecto en febrero con la barata chaqueta de cuero, las botas de empleado de carreteras y una falda de hierba cuya hierba se movía del modo más siniestro, y se pasó los siguientes tres días sin abandonar el tráiler en el Spur con una depresión paralizante de desconocida etiología, echado en el sofá lleno de manchas costrosas de Tommy D. bebiendo Southern Comfort directamente de la botella y contemplando las serpientes de Doocy, que no se movieron en su tanque ni una sola vez en tres días, y Mildred Bonk se estuvo cagando en sus muertos durante dos días por haberse sentado antisocialmente al lado del barril y luego haberse ido y haberla abandonado en su séptimo mes de embarazo en una habitación arenosa llena de rubias bronceadamente anómicas que decían cosas sutilmente maliciosas sobre sus tatuajes y esos chicos espantosos que hablaban sin mover la mandíbula y le preguntaban cosas como dónde «veraneaba» y le ofrecían consejos para comprar fondos de inversión y la invitaban al primer piso a ver sus grabados de Durero y decían que las chicas con sobrepeso les parecían terriblemente atractivas por su desafío a las normas estéticoculturales, y Bruce Green allí echado con la cabeza llena de Hoopi y penas sin resolver y sin pronunciar palabras ni elaborar una sola idea durante tres días, y había escondido bajo el volante del sofá la falda de paja que luego haría trizas en la bañera para redondear un cargamento de marihuana hidropónica de Doocy.

domingo, 5 de marzo de 2017

Consejos vendo que para mi no tengo #5

En realidad, cuando alguien te dice "Que no te engañen" lo que realmente está queriendo decir es "Que no te engañen ellos, deja que te engañe yo".

sábado, 4 de febrero de 2017

Cierre despacio

Inquietante texto en la puerta de un taxi.

Uno no sabe a qué se compromete cuando accede a uno de estos vehículos de transporte público. En el fondo es como firmar un contrato. Y ya se sabe que los contratos están para cumplirlos.

Ese día no había sido especialmente bueno para Torcuato. Había tenido que dejar su coche en el taller y el comentario y la mirada del mecánico le habían hecho sospechar que no iba a ser una reparación barata. Había perdido el metro y había llegado tarde a la oficina, donde tenía una reunión muy importante con su jefe y unos posibles clientes. La reunión, por decirlo de manera suave, no había ido demasiado bien. Los posibles clientes habían dejado de serlo al final de la reunión: posibles y clientes. El resto del día no había transcurrido mucho mejor. Se había quemado los labios con un café demasiado caliente y, como directa consecuencia de ello, se había manchado la camisa. No había conseguido quitar la mancha tras pasar unos momentos interminables en el lavabo y, al volver a su mesa, su compañero le había dicho que tenía una llamada de Diego Morales, de Recursos Humanos. Cuando estaba marcando el número de la extensión de ese compañero, sonó su móvil: era la encargada de la guardería de su hija, que se había puesto malita y tenía que ir a recogerla, porque estaba vomitando encima de todos los demás niños.

Así que dejó su oficina y nada más salir a la calle paró un taxi, y tras entrar en él, le dio al taxista la dirección de la guardería. El taxista le lanzó unas cuantas miradas inquietantes a través del retrovisor, pero, por primera vez en lo que llevaba de día, Torcuato se consideró afortunado, pues al parecer era del tipo de los taxistas silenciosos.

El taxi llegó a su destino. Torcuato pagó la carrera y salió sin prestar atención al texto que figuraba en la parte exterior de la puerta trasera: Cierre despacio. Aquello fue lo último que hizo aquel día. Aquello fue lo último que hizo aquel y cualquier otro día.

Un  contrato es un contrato.

lunes, 16 de enero de 2017

Consejos vendo que para mi no tengo #3

Asegúrate de encontrarte en posición vertical cuando vayas a dar saltos de alegría. Hacerlo desde posición horizontal,  si bien igual de gozoso en el fondo, suele ser más doloroso en la forma.

domingo, 15 de enero de 2017

Chiste de matemáticas

Un alumno se presenta a un examen de matemáticas.

Después de un rato sin escribir, el alumno se pone de pie, se baja la bragueta, se saca el miembro y comienza a orinar encima de la hoja de papel del examen.

El profesor, escandalizado, le pregunta:

- ¡Pero qué haces!

A lo que el alumno responde:

- Echar cálculos.

(Gracias, Darío)