jueves, 11 de mayo de 2017

sábado, 25 de marzo de 2017

La broma infinita, de David Foster Wallace

Green y Mildred Bonk y la otra pareja con quienes habían compartido un tráiler con T. Doocy pasaron por una etapa en que se colaban en distintas fiestas universitarias y se mezclaban con los estudiantes de clase alta, y una vez, en febrero, Green se encontró en una residencia de la Universidad de Harvard donde tenía lugar una fiesta de ambiente playero y había todo un cargamento de arena en el suelo y todo el mundo llevaba collares de flores y la piel bronceada con cremas o gracias a visitas a los salones de rayos UVA, todos rubios con camisas floreadas por fuera de los pantalones y andando con aire de noblesse oblige y bebiendo copas con sombrillitas o vestidos con Speedos sin camisa y sin un solo jodido grano en la espalda y simulando hacer surf en una tabla de surfing que alguien había clavado a una ola con cresta hecha de papel maché azul y blanco con un motor dentro que hacía ondular la supuesta ola, y todas las chicas con faldas de hierba contoneándose por la habitación tratando de bailar el hula de un modo parecido al shimmy que mostraba las cicatrices de LipoVac en sus muslos a través de la hierba de sus faldas; y Mildred Bonk se hizo con una falda de hierba y un top de biquini de un montón junto a los surtidores de cerveza, y aunque ya casi estaba en su séptimo mes de embarazo entró contoneándose y reverberando en la corriente central de la diversión, pero Bruce Green se sentía mal y fuera de lugar con su chaqueta de cuero barata y el corte de pelo que se había anaranjado con gasolina en una laguna alcohólica y el parche de CÓMETE A LOS RICOS que perversamente había permitido que Mildred Bonk cosiese en la entrepierna de sus pantalones policiales, y entonces finalmente la gente se hartó del tema de Hawai Cinco-0 y empezaron con el CD de Don Ho y los Sol Hoopi, y Green se sentía tan incómodamente fascinado y repugnado y paralizado por las tonadas polinesias que puso su silla justo delante del barril y le dio tanto al surtidor del barril y se bebió tantos vasos de plástico llenos de espuma que se puso borracho perdido y le falló el esfínter, y no solo se meó sino que se cagó literalmente en los pantalones por segunda única vez en su vida y primerísima vez en público, y resultó mortificado con una vergüenza de complejas capas y se tuvo que ir con urgencia al lavabo, se quitó los pantalones y se lavó como un puto niñato teniendo que cerrar un ojo para asegurarse de que limpiaba al «yo» correcto de los dos que veía, y entonces sus pantalones de policía quedaron inservibles y él tuvo que abrir la puerta y con un brazo tatuado enterrar el pantalón en la arena de la sala como si fuese un pequeño váter para gatos, y luego, claro, qué demonios se ponía si quería volver a salir del baño o del apartamento universitario o volver a casa, de modo que tuvo que volver a cerrar un ojo y estirar el brazo para llegar a la pila de faldas de hierba y tops de biquini y coger una falda, ponérsela y salir del apartamento hawaiano por la puerta de servicio sin que nadie lo viera y luego tomar la Red Line y luego la Green Line y luego un autobús haciendo todo aquel trayecto en febrero con la barata chaqueta de cuero, las botas de empleado de carreteras y una falda de hierba cuya hierba se movía del modo más siniestro, y se pasó los siguientes tres días sin abandonar el tráiler en el Spur con una depresión paralizante de desconocida etiología, echado en el sofá lleno de manchas costrosas de Tommy D. bebiendo Southern Comfort directamente de la botella y contemplando las serpientes de Doocy, que no se movieron en su tanque ni una sola vez en tres días, y Mildred Bonk se estuvo cagando en sus muertos durante dos días por haberse sentado antisocialmente al lado del barril y luego haberse ido y haberla abandonado en su séptimo mes de embarazo en una habitación arenosa llena de rubias bronceadamente anómicas que decían cosas sutilmente maliciosas sobre sus tatuajes y esos chicos espantosos que hablaban sin mover la mandíbula y le preguntaban cosas como dónde «veraneaba» y le ofrecían consejos para comprar fondos de inversión y la invitaban al primer piso a ver sus grabados de Durero y decían que las chicas con sobrepeso les parecían terriblemente atractivas por su desafío a las normas estéticoculturales, y Bruce Green allí echado con la cabeza llena de Hoopi y penas sin resolver y sin pronunciar palabras ni elaborar una sola idea durante tres días, y había escondido bajo el volante del sofá la falda de paja que luego haría trizas en la bañera para redondear un cargamento de marihuana hidropónica de Doocy.

domingo, 5 de marzo de 2017

Consejos vendo que para mi no tengo #5

En realidad, cuando alguien te dice "Que no te engañen" lo que realmente está queriendo decir es "Que no te engañen ellos, deja que te engañe yo".

sábado, 4 de febrero de 2017

Cierre despacio

Inquietante texto en la puerta de un taxi.

Uno no sabe a qué se compromete cuando accede a uno de estos vehículos de transporte público. En el fondo es como firmar un contrato. Y ya se sabe que los contratos están para cumplirlos.

Ese día no había sido especialmente bueno para Torcuato. Había tenido que dejar su coche en el taller y el comentario y la mirada del mecánico le habían hecho sospechar que no iba a ser una reparación barata. Había perdido el metro y había llegado tarde a la oficina, donde tenía una reunión muy importante con su jefe y unos posibles clientes. La reunión, por decirlo de manera suave, no había ido demasiado bien. Los posibles clientes habían dejado de serlo al final de la reunión: posibles y clientes. El resto del día no había transcurrido mucho mejor. Se había quemado los labios con un café demasiado caliente y, como directa consecuencia de ello, se había manchado la camisa. No había conseguido quitar la mancha tras pasar unos momentos interminables en el lavabo y, al volver a su mesa, su compañero le había dicho que tenía una llamada de Diego Morales, de Recursos Humanos. Cuando estaba marcando el número de la extensión de ese compañero, sonó su móvil: era la encargada de la guardería de su hija, que se había puesto malita y tenía que ir a recogerla, porque estaba vomitando encima de todos los demás niños.

Así que dejó su oficina y nada más salir a la calle paró un taxi, y tras entrar en él, le dio al taxista la dirección de la guardería. El taxista le lanzó unas cuantas miradas inquietantes a través del retrovisor, pero, por primera vez en lo que llevaba de día, Torcuato se consideró afortunado, pues al parecer era del tipo de los taxistas silenciosos.

El taxi llegó a su destino. Torcuato pagó la carrera y salió sin prestar atención al texto que figuraba en la parte exterior de la puerta trasera: Cierre despacio. Aquello fue lo último que hizo aquel día. Aquello fue lo último que hizo aquel y cualquier otro día.

Un  contrato es un contrato.

lunes, 16 de enero de 2017

Consejos vendo que para mi no tengo #3

Asegúrate de encontrarte en posición vertical cuando vayas a dar saltos de alegría. Hacerlo desde posición horizontal,  si bien igual de gozoso en el fondo, suele ser más doloroso en la forma.

domingo, 15 de enero de 2017

Chiste de matemáticas

Un alumno se presenta a un examen de matemáticas.

Después de un rato sin escribir, el alumno se pone de pie, se baja la bragueta, se saca el miembro y comienza a orinar encima de la hoja de papel del examen.

El profesor, escandalizado, le pregunta:

- ¡Pero qué haces!

A lo que el alumno responde:

- Echar cálculos.

(Gracias, Darío)

viernes, 6 de enero de 2017

Consejos vendo que para mi no tengo #2

Que no te quiten lo bailado.
Guárdalo.
Consérvalo en un lugar seco y seguro.
Cuídalo como si fuera lo más valioso que tienes.
Quizás lo sea.

Consejos vendo que para mi no tengo #1

Cuando comiences un blog, asegúrate de asignarle una periodicidad "periódica".

lunes, 22 de agosto de 2016

La princesa y el bufón

¿Por qué se enamoró la princesa del bufón?


Porque le hizo tilín.


(Chiste malo inspirado en las obras de Terry Pratchett, grandísimo contador de chistes malos).

sábado, 16 de julio de 2016

Reflexión a bote pronto #301

Llegado al punto de que se le permitiera elegir, ¿dónde preferiría el ocasional lector y/o comentarista de Ínfulas pasar sus últimas doce horas?

Opciones:

  • Garito de mala muerte (opción etílica).
  • Antro de vicio y perversión (opción viciosa).
  • Habitación de hospital (opción tristona).
  • Putiferio o en su defecto mansión de Playboy (opción venérea).
  • Isla desierta con cocoteros, increíbles atardeceres y una naturaleza con la que poder ser uno o una y trino o trina (opción new-age).
  • Catedral, monasterio, convento o algo así muy místico tipo Tíbet (opción espiritual).
  • Cabina de criogenización (opción Walt Disney).
  • Discoteca llena de maricas (opción Punsetes).
  • Cualquier otra cosa que se le ocurra al lector y/o comentarista y que quiera compartir con el resto de los compañeros infuleros.